sábado, 5 de febrero de 2011

Dejarla durmiendo en la habitación del hotel podía ser una locura







Dejarla durmiendo en la habitación del hotel podía ser una locura,
una locura o todo un nuevo mandamiento.
Cuando empezaba a clarear,
su cuerpo se dibujaba como grisalla
sobre mármol blanco,
el esbozo perfecto de la ternura y el silencio.
La calle no dejaba de recordarme que estaba cerca
y yo sentía que ella me seguía besando como el frío del otoño.
Sin embargo, aceleraba mis pasos para buscar un bar
donde dejarla olvidada entre sorbos de café bien cargado.
Todavía quedaban ciertos borrachos solitarios,
quizás los que no se resguardaban ya de nada
y no les importaba perderse cada noche
porque todo lo habían perdido ya en cualquier sueño.
Persistía su respiración junto a mi boca,
seguía notando el pulso de su corazón en mi mano
como cuando me desvelaba el roce de su cuerpo
y solo podía vigilar a aquel océano inquieto.
Después solo me quedaba marcharme,
sin más bagaje ni temor que la muerte anunciada,
la que dejaba el saber que debía coger el tren de las siete,
para irme tan lejos como los más de trescientos kilómetros
que nos separaban a diario.